Introducción
Cuba atraviesa su momento más peligroso en décadas. Un bloqueo petrolero liderado por Estados Unidos ha estrangulado el suministro de combustible, desatando apagones nacionales, parálisis del transporte y una escasez cada vez más aguda de alimentos y medicinas. La economía cubana — ya golpeada por años de mala gestión y sanciones — quedó al borde del abismo tras la captura, por parte de EE. UU., del líder venezolano Nicolás Maduro a comienzos de enero de 2026, un golpe que cortó de golpe el flujo de crudo subsidiado y de recursos que llegaban desde el principal benefactor de La Habana. Washington respondió subiendo la apuesta: el gobierno de Donald Trump no solo bloqueó prácticamente todos los envíos de petróleo hacia Cuba, sino que también dejó caer insinuaciones de intervenciones drásticas, incluso la idea de una «toma amistosa» de la isla. Mientras las calles se apagan y los mercados se vacían, las declaraciones de funcionarios estadounidenses durante febrero de 2026 pasaron de la cautela a la certeza: de advertencias tensas a predicciones seguras del derrumbe cubano, como si se estuvieran moviendo piezas decisivas fuera del foco público. Este artículo examina cómo ha evolucionado la retórica del presidente Trump y del secretario de Estado Marco Rubio en las últimas semanas, qué señalan esas frases, y cuál es la realidad económica — dura, concreta — que aprieta a Cuba. También exploramos posibles escenarios a corto plazo: desde una confrontación de peor caso hasta una transición negociada; y evaluamos el contexto geopolítico, incluido el papel de los pocos aliados que le quedan a La Habana y el efecto dominó de hechos globales como la muerte súbita del líder iraní a finales de febrero. Por último, consideramos el peso particular del origen exiliado cubano de Rubio en la configuración de la política de EE. UU. en este momento histórico.
Contexto histórico de la política de EE. UU. hacia Cuba:
La política estadounidense hacia Cuba está moldeada por más de seis décadas de tensión, desde la revolución de 1959 encabezada por Fidel Castro y la imposición de un embargo económico integral en 1962. Los objetivos de fondo han sido relativamente constantes: promover la democracia, los derechos humanos y reformas de mercado, al tiempo que se aísla al régimen comunista y se contrarresta su influencia regional. En la Guerra Fría, esa estrategia incluyó operaciones encubiertas como la fallida invasión de Bahía de Cochinos y varios intentos de asesinato contra Castro. Tras la Guerra Fría, el embargo quedó blindado por ley mediante la Ley para la Democracia Cubana (1992) y la Ley de Libertad y Solidaridad Democrática Cubana (Helms‑Burton, 1996), que condicionaron su levantamiento a que Cuba cumpliera criterios como la liberación de presos políticos, la restitución de libertades de expresión y asociación, y avances hacia elecciones multipartidistas. Ese andamiaje legal limita el margen de maniobra presidencial y, en la práctica, obliga a que cualquier normalización plena pase por el Congreso.
Con Barack Obama (2009–2017), la política giró hacia el acercamiento: normalización diplomática en 2014, alivio de restricciones de viaje y remesas, y retiro de Cuba de la lista de Estados Patrocinadores del Terrorismo. Ese «deshielo» se revirtió durante el primer mandato de Trump (2017–2021), cuando se restablecieron medidas duras: Cuba volvió a ser designada como Estado Patrocinador del Terrorismo en 2021, se endurecieron las prohibiciones de viaje, se limitaron remesas, y se habilitaron demandas contra entidades que utilizaran propiedades confiscadas tras 1959 bajo el Título III de Helms‑Burton. La administración Biden (2021–2025) mantuvo gran parte de ese marco, con ajustes menores — por ejemplo, reanudar vuelos y remesas limitadas — en medio de la crisis económica y las protestas de 2021.
Al volver al poder en enero de 2025, Trump intensificó la presión y enmarcó a Cuba dentro de una estrategia más amplia para frenar influencias comunistas «malignas» en el hemisferio occidental. Un Memorando Presidencial de Seguridad Nacional de junio de 2025 (NSPM‑5) instruyó a las agencias a reforzar la política: endurecer reglas sobre transacciones, viajes y remesas para negar ingresos al aparato militar y al Estado cubano. Entre las medidas clave: mantener la designación en la lista de terrorismo, imponer restricciones de visado a funcionarios vinculados al programa cubano de exportación de mano de obra (acusado de trabajo forzoso), y canalizar ayuda humanitaria a través de ONG para apoyar a la población sin engrosar las arcas del régimen.
La retórica del gobierno — encabezada por Trump y por el secretario de Estado Marco Rubio (cubanoestadounidense y de raíces exiliadas) — subrayó las alianzas de La Habana con adversarios como Rusia, China, Irán, Hamas y Hezbolá, además de sus violaciones de derechos humanos y su rol desestabilizador en la región. Rubio, en particular, ha descrito al régimen como «incompetente» e «insostenible», argumentando que su supervivencia depende de subsidios externos, no de viabilidad interna, y llamando a reformas económicas de gran calado para enfrentar la mala gestión y la corrupción.
El salto decisivo llegó con la Orden Ejecutiva «Abordar las amenazas a Estados Unidos por parte del Gobierno de Cuba», firmada el 29 de enero de 2026. Invocando la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional (IEEPA), la Ley de Emergencias Nacionales (NEA) y 3 U.S.C. § 301, Trump declaró que las políticas de Cuba constituían una «amenaza inusual y extraordinaria» para la seguridad nacional y la política exterior de EE. UU. Entre sus disposiciones centrales, la orden autoriza aranceles adicionales a importaciones estadounidenses provenientes de cualquier país que venda o suministre crudo o derivados a Cuba, buscando cortar los salvavidas energéticos y forzar cambios internos. Hacia fines de febrero de 2026, con la crisis profundizándose — apagones de 10 a 20 horas diarias y contracción económica — el gobierno introdujo «ajustes» tácticos: licencias del Tesoro que permiten reventas limitadas de petróleo de origen venezolano al sector privado cubano a precio de mercado, excluyendo entidades estatales, con el objetivo de contener un desastre humanitario sin aliviar la presión sobre el régimen.
La retórica de EE. UU. en evolución: de las advertencias a la «toma amistosa»
Tras la caída de Maduro el 3 de enero de 2026, el tono de Washington hacia La Habana cambió de forma drástica. Marco Rubio, hijo de exiliados cubanos, sugirió de inmediato que el gobierno comunista podía ser el siguiente dominó. «Si yo viviera en La Habana y estuviera en el gobierno, estaría preocupado», advirtió en televisión nacional pocos días después de la operación en Venezuela. En una rueda de prensa en la Casa Blanca, fue todavía más crudo: describió a Cuba como «un desastre… gobernado por viejos incompetentes», con una economía en ruinas. «Si yo estuviera en La Habana trabajando en el gobierno, me preocuparía, aunque fuera un poco», remató. Trump reforzó esa confianza en esos mismos días: de regreso de sus vacaciones en Florida, dijo a periodistas que dudaba que hiciera falta una acción directa. «Sin Maduro y sin el petróleo que Venezuela les daba, Cuba parece lista para caer», comentó con frialdad. Al mismo tiempo, circuló la noticia de que decenas de agentes de seguridad cubanos habían muerto defendiendo a Maduro en Caracas, una señal brutal de cuán atada estaba La Habana a Venezuela. La victoria estadounidense se interpretó enseguida como un peldaño hacia el cambio de régimen en Cuba — no como efecto colateral, sino como objetivo explícito, según observó The Washington Post.
A mediados de enero, los comentarios de los líderes estadounidenses se volvieron más duros. Trump instó públicamente a los dirigentes cubanos a «cerrar un trato antes de que sea tarde», insinuando conversaciones discretas y advirtiendo que lo peor aún no había llegado. El 29 de enero, la administración escaló su campaña: con razones de sobra y un sentido de oportunidad calculado, Trump declaró una emergencia nacional sobre Cuba y amenazó con aranceles punitivos a cualquier país o empresa que se atreviera a abastecer de combustible a la isla. En la práctica, fue un asedio energético: una ampliación del embargo tradicional hacia un bloqueo contemporáneo, diseñado para «cortar por completo» el acceso al petróleo. «Cuba ahora no tiene ingresos. Todo su ingreso venía de Venezuela… y ya no reciben nada», se jactó Trump, describiendo la situación como un estrangulamiento terminal. Rubio, por su parte, celebró la presión. En una audiencia del Senado el 28 de enero dejó claro que la administración «querría ver un cambio de régimen» en Cuba. Cuando le preguntaron si Washington descartaría forzar ese cambio, respondió sin demasiada paciencia: «No… nos encantaría ver un cambio», dijo, y llamó al fin del gobierno comunista «de gran beneficio para Estados Unidos». Luego arremetió contra la economía cubana con una dureza poco común: sostuvo que estaba «tan mal gestionada» que ni siquiera parecía comunista. «No tiene una economía funcional», afirmó, y añadió que «ni Lenin reconocería esta versión del comunismo». En su lectura, el país estaba «congelado y roto» y el sufrimiento no era producto de sanciones, sino de incompetencia: «no saben administrar una economía», insistió, citando absurdos como que Cuba ahora importe azúcar, pese a haber sido potencia azucarera. Ese discurso reforzó una idea central: una vez cortados los salvavidas externos, el sistema cubano sería intrínsecamente inviable y quedaría al borde del colapso interno.
En febrero, el tono de Rubio pasó de advertencia a ultimátum. En la Conferencia de Seguridad de Múnich sugirió que a La Habana le quedaba una salida estrecha: reformas económicas y políticas profundas. «Cuba tiene que cambiar. Tiene que abrir su economía», dijo, dando a entender que solo otorgando libertad económica y desmontando el monopolio de partido único habría alguna posibilidad de alivio. Señaló que el modelo socialista hipercentralizado «ha fracasado en otras partes del mundo» y describió la situación como «crítica» precisamente porque Cuba ya «no recibe subsidios de ningún otro país». Era una referencia directa al fin de décadas de dependencia: primero la ayuda soviética hasta 1991; luego el patronazgo petrolero venezolano en los 2000. «El problema de fondo en Cuba es que no tiene economía», dijo a Bloomberg, alegando que los gobernantes «no saben cómo mejorarla» y que han sobrevivido viviendo de apoyo externo. En síntesis, Rubio estaba explicando en público lo que repetía en privado: el statu quo es «insostenible» y, sin un cambio drástico, el desenlace sería el colapso (y, por extensión, el cambio de régimen).
La propia retórica de Trump en febrero dio un giro aún más provocador. Empezó a insinuar que sectores del liderazgo cubano estaban negociando en secreto. A lo largo del mes sostuvo que «el gobierno cubano está hablando con nosotros» y que «están en serios problemas». El 27 de febrero, de pie en el césped de la Casa Blanca, llegó a plantear la posibilidad de una «toma amistosa» de Cuba por parte de Estados Unidos. En declaraciones que sorprendieron a muchos, describió a Cuba como un Estado fallido que implora ayuda. «No tienen dinero. No tienen nada ahora mismo… y quizá tengamos una toma amistosa de Cuba», dijo sobre los gobernantes en La Habana. Subrayó que Rubio estaba manejando el tema «a muy alto nivel», sugiriendo que Washington ya estaba profundamente involucrado en la arquitectura del desenlace. Ese comentario — pronunciado antes de un viaje de campaña a Texas — fue el reconocimiento público más explícito de que Washington imagina una Cuba poscomunista bajo influencia estadounidense. Trump incluso deslizó que una toma así podría ser «muy positiva» para los cubanoamericanos exiliados desde 1959, muchos de los cuales «quieren volver» y estaban «muy contentos con lo que está pasando» en términos de acciones de EE. UU. La idea de una intervención «amistosa» es un cambio notable respecto de semanas atrás. Como señaló The Guardian, ese lenguaje fue una «salida de guion» llamativa y evocó ecos de dominación histórica que los cubanos no pasarían por alto. También alimentó la especulación sobre contactos con insiders del régimen: informes apuntaron a reuniones secretas de funcionarios cercanos a Rubio con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, para explorar una hoja de ruta de transición. La frase, en clave empresarial, insinuó que Washington podría estar persiguiendo un resultado a lo Venezuela: un acuerdo en el que parte del aparato cede o comparte poder bajo tutela estadounidense, en lugar de un desplome caótico.
Mientras tanto, las declaraciones de Rubio a finales de febrero se endurecieron y adquirieron un tono abiertamente amenazante, reflejando la decisión de mantener la máxima presión. Repetía que el liderazgo comunista se estaba quedando sin tiempo y sin opciones. Ridiculizó la idea de «aguantar» como un autoengaño, diciendo que «el statu quo no es un camino viable». En una entrevista, resumió la situación con crudeza: «No tienen petróleo, no tienen efectivo, y no tienen futuro bajo el viejo modelo de los Castro» (paráfrasis). También rechazó de plano la costumbre de culpar al embargo y apuntó a la parálisis interna y la corrupción. «¿Cómo va a ser culpa del embargo que Cuba… ahora importe azúcar?», se burló, subrayando la ironía de un país que fue rico en azúcar y hoy no puede alimentarse. Ese clima se volvió aún más combustible con un incidente a finales de febrero: un grupo de exiliados armados desde Florida irrumpió en aguas cubanas y se produjo un intercambio de disparos con fuerzas de la isla. Rubio negó cualquier implicación de EE. UU., pero el episodio mostró lo inflamable que se había vuelto el escenario. Las autoridades cubanas mataron a varios de los atacantes y La Habana acusó a Washington de fomentar terrorismo. La respuesta de Rubio fue poco conciliadora: insistió en que no había personal estadounidense detrás del ataque, pero no condenó las acciones de los exiliados. Sumado al bloqueo petrolero, el incidente pareció confirmar los temores cubanos de una escalada cada vez más «permanente». A finales de febrero, Rubio elogiaba abiertamente la determinación del exilio y presentaba la crisis como una oportunidad histórica. En una reunión con líderes caribeños, insinuó que el gobierno cubano estaba acorralado y que los vecinos debían prepararse para un cambio. En conjunto, la evolución retórica — del «yo estaría preocupado» de enero al «quizá una toma» de febrero — sugiere que la presión y la planificación tras bambalinas se intensificaron. Los mensajes públicos apuntan a una combinación de zanahoria y garrote: disposición a negociar una salida para sectores del régimen y, al mismo tiempo, voluntad de apretar más para precipitar el fin del gobierno comunista. El subtexto es claro: se acercan movimientos mayores.
Caída libre económica: petróleo, divisas y supervivencia cotidiana
Mientras funcionarios estadounidenses hablan del colapso de Cuba, la realidad económica de la isla — dolorosa, tangible — da un respaldo incómodo a esas predicciones. La economía cubana está en caída libre, impulsada en gran medida por la pérdida repentina del petróleo venezolano y por el corte generalizado de divisas. Antes de esta crisis, Cuba necesitaba aproximadamente 125.000 barriles por día (bpd) de crudo y combustibles refinados para sostener la generación eléctrica, el transporte y la actividad económica básica.
Gráfico n.º 1: La demanda de referencia se basa en datos cubanos citados por Reuters (≈125.000 bpd). La producción interna consiste sobre todo en crudo pesado usado para generación eléctrica (≈40.000 bpd). El requerimiento estructural de importación ronda ≈85.000 bpd antes de aportes externos.

La magnitud de la vulnerabilidad cubana se entiende mejor cuando se pone la demanda de referencia frente a la producción doméstica. Datos abiertos citados por Reuters sitúan la demanda anual de combustibles cerca de 125.000 barriles diarios, mientras que la extracción interna — en gran medida crudo pesado que termina en plantas termoeléctricas — ronda los 40.000 bpd. Incluso antes de considerar las limitaciones de refinación, eso deja una necesidad estructural de importación de alrededor de 85.000 bpd. En pocas palabras: el sistema energético cubano no es apenas dependiente de importaciones; lo es por naturaleza.
La producción doméstica es limitada. Cuba extrae aproximadamente 25.000–30.000 bpd de crudo pesado, alto en azufre, en yacimientos en tierra a lo largo de la costa norte. Es un crudo de baja calidad, usado sobre todo como fuel‑oil para las termoeléctricas. Sin un upgrading significativo, no es el tipo de petróleo que te llena el país de gasolina y diésel.
La capacidad de refinación existe, pero está subutilizada. Las refinerías cubanas — principalmente Cienfuegos y unidades más pequeñas en La Habana y Santiago — suman una capacidad nominal de 100.000–120.000 bpd, pero rara vez operan cerca de ese nivel por falta de crudo, problemas de mantenimiento y restricciones financieras. En la práctica, el procesamiento suele quedar muy por debajo del potencial porque Cuba no consigue suficiente suministro para alimentar el sistema de manera estable.
Por eso, Cuba debe importar la mayor parte del combustible que usa. Históricamente, se necesitaban 60.000–70.000 bpd de crudo o productos refinados del exterior para cubrir la demanda diaria.
Durante años, Venezuela llenó ese hueco. En su pico en los 2000, los envíos llegaron a rondar los 100.000 bpd, suficientes para cubrir el déficit. Para 2025, sin embargo, las entregas venezolanas habían caído a unos 26.000–30.000 bpd. México complementó con un estimado de 5.000–10.000 bpd, y hubo cargamentos ocasionales desde Rusia, Argelia y otros.
Gráfico n.º 2: Venezuela cubrió durante años la mayor parte del déficit cubano. Sus envíos cayeron alrededor de un 70% respecto del pico, dejando un agujero estructural cada vez mayor.’

Venezuela fue, durante un tiempo, el puente sobre ese déficit estructural. A mediados de los 2000, los envíos rozaban o superaban los 100.000 barriles diarios, sosteniendo — de facto — la electricidad y el transporte en Cuba. Ese ciclo se cerró. Para 2025, las entregas promediaban unos 27.400 bpd: una caída de alrededor del 70% desde los niveles máximos. Lo que fue un salvavidas se convirtió en un goteo, y La Habana quedó expuesta a un mercado que no puede pagar y a presiones geopolíticas que no puede resistir.
Incluso con esos aportes, Cuba operaba con apenas 60–70% del combustible necesario para una estabilidad económica mínima. El efecto fue inmediato: apagones rodantes, transporte público paralizado, y fallas repetidas de la red en 2025 vinculadas directamente a la falta de combustible.
La aritmética de 2025 marca un quiebre decisivo frente a condiciones recientes. Mientras en 2024 los flujos combinados casi alcanzaban la demanda de referencia, en 2025 el volumen importado se desplomó, dejando un hueco que supera los 50.000 barriles diarios.
Gráfico n.º 3: En 2024 las importaciones casi cubrían la demanda de referencia; en 2025, el suministro deja un déficit implícito superior a 50.000 bpd, coherente con apagones prolongados y fallas sistémicas.

En 2024, la suma de producción doméstica y envíos externos casi rozaba el nivel de referencia. En 2025, en cambio, el suministro total desde todos los orígenes cayó a alrededor de 72.000 bpd frente a un sistema que históricamente requería ~125.000. El faltante implícito — más de 50.000 barriles cada día — no es una oscilación cíclica. Es un agujero estructural lo bastante grande como para explicar apagones, parálisis del transporte y freno industrial sin necesidad de especular. El déficit energético, por sí solo, ya explica buena parte del tamaño de la contracción económica en la isla.
En términos netos, Cuba no es autosuficiente en energía. Produce apenas entre una cuarta y una tercera parte del crudo que consume; refina solo lo que el suministro le permite; y depende, de manera estructural, de combustible importado para mantener el país encendido.
El corte casi total de entregas desde enero empujó a Cuba a una emergencia aguda. Para mediados de enero de 2026, no había llegado ni un solo buque petrolero venezolano en un mes, mientras la Marina estadounidense y la aplicación de sanciones sellaban, en la práctica, el salvavidas energético de la isla. «Cero entregas de petróleo desde Venezuela» es un escenario que incluso observadores curtidos consideran extremo. «De verdad no veo ninguna luz al final del túnel… para sobrevivir los próximos meses», dijo en enero Jorge Piñon, un experto energético, advirtiendo que la situación «va a ser catastrófica» si Cuba pierde por completo el combustible venezolano. El gobierno cubano no tiene alternativas fáciles: sus reservas son secretas (y quizás mínimas) y los aliados dudan en desafiar las amenazas de Washington. «Nadie va a salir a rescatar a Cuba, salvo quizá México, en cantidades limitadas, y también Rusia, en cantidades limitadas», observó Piñon. De hecho, un pequeño buque mexicano llegó a La Habana a fines de enero con unos 85.000 barriles de combustible: ayuda útil, sí, pero una gota en el océano. Rusia ha discutido aumentar su apoyo, y a fines de febrero Moscú dijo que evaluaba envíos de emergencia. Pero tanto México como Rusia se exponen a represalias bajo la orden ejecutiva de Trump del 29 de enero, que autoriza aranceles o sanciones a países que suministren petróleo a Cuba. Esa postura enfría a cualquiera: «Hay mucho miedo… entre navieras y países que pueden suministrarnos combustible», admitió Miguel Díaz‑Canel, señalando que «casi no ha llegado combustible» en el nuevo año. La combinación de vigilancia moderna y aplicación agresiva — «cada buque es visible, cada cambio de rumbo se rastrea» — coloca a Cuba bajo un asedio energético más eficaz que el embargo de la Guerra Fría.
La sequía de divisas es igual de asfixiante. Cuba necesita moneda dura para importar no solo combustible, sino también comida, medicinas y repuestos — en la práctica, casi todo lo esencial. Incluso antes de esta crisis, la capacidad importadora ya se había encogido por falta de dólares. El peso cubano es casi inútil en mercados internacionales (en el circuito informal se hundió a mínimos), así que el país depende de ingresos por exportaciones, turismo y ayuda externa para comprar lo básico. Con las sanciones del primer mandato de Trump (2017–2020), Cuba perdió varias fuentes: se cortó el turismo estadounidense y los cruceros, se limitaron remesas y se espantó inversión extranjera. Para 2023–2024, la economía ya estaba con respiración asistida — con una contracción del 16% desde 2019 — y el gobierno recortaba importaciones a la desesperada para ahorrar dólares. Ahora, con el grifo venezolano cerrado, Cuba pierde no solo el petróleo, sino también el subsidio financiero implícito: durante años, Caracas aceptó pagos en especie (médicos, maestros, asesores de seguridad) en lugar de efectivo, un trueque que evitaba que La Habana gastara divisas en parte del combustible. Con autoridades venezolanas alineadas con EE. UU. frenando exportaciones hacia Cuba, La Habana tendría que comprar combustible en el mercado abierto — una tarea imposible bajo bloqueo, sin caja ni crédito. Trump lo resumió diciendo que «Cuba ya no tiene ingresos» porque «todo su ingreso» venía de Venezuela. Es una exageración leve: Venezuela y otros aliados socialistas sostuvieron a Cuba durante décadas con recursos baratos. En la era soviética, la ayuda de Moscú (estimada en 5.000 millones de dólares anuales en subsidios) sostuvo al país; al terminar en 1991, el PIB cubano se desplomó y el «Período Especial» trajo austeridad extrema y hambre. Con Chávez, los acuerdos de petróleo por servicios rescataron a Cuba de lo peor de los 90 hacia comienzos de los 2000. Hoy, por primera vez desde 1959, Cuba se queda sin gran padrino — y, además, enfrenta a una administración estadounidense decidida a impedir cualquier rescate. Como dijo Rubio, Cuba ya «no tiene subsidios» y deberá sostenerse (o caer) sobre sus propios pies económicos. La verdad incómoda — anticipada por economistas del propio régimen — es que el modelo cerrado y estatal no produce ni genera divisas suficientes para sostener a 11 millones de personas sin ayuda externa. Esa realidad está quedando al desnudo.
En la calle, el impacto del corte de petróleo y divisas es brutal. Los apagones intermitentes del año pasado se convirtieron en cortes prolongados en muchas provincias, obligando a cocinar con leña o carbón y a racionar combustible para generadores en hospitales. «Las luces se apagan en Cuba — y la gente organiza su vida alrededor del horario de los cortes», describió un reporte, con familias midiendo comidas por las pocas horas en que vuelve la electricidad. En pueblos rurales, carretas tiradas por caballos y bicicletas se volvieron esenciales a medida que se seca la gasolina y el diésel. Incluso en La Habana — a la que las autoridades intentan proteger de los peores cortes — hay colas para el transporte público y problemas de agua cuando las bombas se quedan sin energía. «Es muy estresante porque no sabemos qué decisión tomará el gobierno cubano ni qué hará Estados Unidos», dijo a Reuters un jubilado habanero, capturando la ansiedad de un país atrapado en la incertidumbre. En los mercados, la comida escasea y sube de precio día tras día. Vendedores cuentan que en el campo hay producto, pero que la falta de combustible impide transportarlo a la ciudad. «Ahora no hay diésel para los camiones… están usando lo que tenían guardado», explicó un vendedor de vegetales, temiendo que esas reservas estén por agotarse. Sin combustible, las redes de distribución se rompen: un eco de los 90, cuando las ciudades cubanas rozaron condiciones de hambre tras la desaparición del petróleo soviético. Los precios de lo básico se disparan en medio de inflación y escasez, mientras la moneda cae en picada (el tipo de cambio informal del dólar superó los 200 pesos por dólar, evaporando el poder de compra). La ONU advirtió sobre una catástrofe humanitaria inminente si no llega combustible pronto. En febrero, el secretario general António Guterres expresó su «extrema preocupación» por la situación y se sumó a gobiernos y ONG que piden permitir el ingreso de suministros vitales.
Funcionarios cubanos describen las acciones de EE. UU. como un intento deliberado de «hambrear de energía» a la isla y provocar el colapso social. No les falta razón: el timing y la intensidad del bloqueo, tras años de desgaste, sugieren un apretón final. De hecho, figuras del propio gobierno de Trump describen la estrategia sin rodeos. «La palanca que tenemos es que controlamos el flujo de… el petróleo de Venezuela. Controlamos el flujo de fondos del petróleo», dijo a fines de enero el secretario de Energía Chris Wright, vinculando explícitamente el destino de Venezuela con Cuba. «La palanca sobre Venezuela es la palanca sobre Cuba», explicó. En la visión de Washington, cortar combustible es el atajo para «forzar un punto de quiebre»: hacer la vida tan invivible que el pueblo o sectores del régimen se rebelen. El académico cubano Carlos Alzugaray advirtió que «cortar los envíos de petróleo va a apretar muchísimo la situación humanitaria», aunque dudaba de que el régimen simplemente «se rindiera». Cuba ya sobrevivió al Período Especial sin ceder políticamente; los duros pueden creer que pueden aguantar otra vez. De hecho, las autoridades han impuesto medidas severas de ahorro: parar fábricas, reducir jornadas, descentralizar servicios para que la gente camine o pedalee en lugar de desplazarse. Tienen experiencia administrando la escasez: el combustible se prioriza para hospitales y transporte de alimentos (aunque hoy hasta los hospitales están en crisis y posponen cirugías por falta de diésel para generadores). «Ya pasamos por esto y sobrevivimos» es un refrán que se oye en La Habana, en referencia a los 90. La gente comparte transporte, junta recursos y se adapta — una «resiliencia bajo asedio», como práctica diaria. Aun así, hay una sensación clara de que esta vez podría ser distinto. En los 90 apareció una tabla de salvación (Venezuela) y, hacia el final de la década, el entorno geopolítico era menos hostil. Hoy, en cambio, no se ve salvador alguno — y en Washington mandan funcionarios que buscan abiertamente la capitulación cubana. Como señaló el analista Michael Bustamante, uno puede dudar de que La Habana caiga solo por dolor — «Cuba ya ha estado aquí» — , pero incluso esa duda podría quedar desmentida ante la convergencia inédita de presiones actuales. Los próximos meses pondrán a prueba si el sistema comunista resiste un aislamiento realmente asfixiante o si la mezcla de fracaso económico interno y asedio externo cierra, por fin, una era.
¿Cuánto más puede aguantar La Habana?
La pregunta que flota detrás de todos los análisis es simple y brutal: ¿cuánto tiempo más puede aguantar Cuba bajo estas condiciones? Las estimaciones varían, pero muchos observadores dudan de que el gobierno pueda sostener esta caída libre hasta finales de 2026 (cuando se acercan las primarias presidenciales y la campaña en EE. UU.). Algunos expertos hablan de un punto de quiebre en meses, no en años. Sin entradas sustantivas de combustible nuevo, la trayectoria actual sugiere que la presión sistémica se intensificará con fuerza durante marzo y abril, elevando la probabilidad de una contracción económica más profunda y de inestabilidad social. Como se dijo, Jorge Piñon no ve cómo Cuba podría sobrevivir «los próximos meses» sin petróleo venezolano, salvo un giro dramático. La alarma humanitaria de la ONU, elevada en febrero, sugiere que en medio año o menos la escasez podría escalar hacia escenarios de hambre o crisis sanitarias. Las propias acciones de Cuba — pedir ayuda de emergencia a aliados como México, Canadá y Rusia — indican que el liderazgo sabe que el reloj corre. Canadá, por ejemplo, prometió un paquete modesto de ayuda alimentaria (≈6,7 millones de dólares) a finales de febrero, y México envió varios barcos con alimentos y medicinas. Alivian algo, pero están lejos de estabilizar la economía. La Habana también unificó discretamente el tipo de cambio oficial y devaluó el peso para atraer divisas al canal formal. El tipo informal llegando a 500:1 frente al dólar (desde 24:1 hace apenas un par de años) muestra una carrera desesperada por dólares dentro del país. Señales así suelen preceder puntos de ruptura políticos.
Dicho esto, algunos observadores creen que el régimen podría arrastrarse más tiempo del que Washington espera. El Estado cubano conserva un aparato de seguridad interno formidable y ha mostrado disposición a reprimir para sofocar protestas. Tras las movilizaciones inéditas de julio de 2021, arrestó a cientos y recuperó el control, dejando a la oposición diezmada o exiliada. Cualquier estallido espontáneo hoy enfrentaría el mismo patrón. «Quien aspira a ser líder opositor está en Miami o en la cárcel», dice William LeoGrande, profesor de American University, subrayando que la disidencia interna sigue desorganizada y bajo vigilancia. Eso sugiere que, incluso si aumenta el sufrimiento, una revuelta popular no está garantizada: el miedo y el control estatal son disuasivos poderosos. Además, los líderes cubanos tienen una trayectoria de terquedad ideológica; como señaló Juan González (exfuncionario estadounidense), «no creo que el régimen se rinda» solo porque la economía esté peor. Cuba podría apelar a racionamiento aún más duro, cortes más severos (por ejemplo, sacrificar provincias para darle algunas horas de luz a La Habana) y un discurso nacionalista para mantener cohesión. Díaz‑Canel adoptó ese tono en enero: «Cuba está preparada para defender la patria hasta la última gota de sangre». Es una señal de intención de resistir, al menos de cara al público.
Sin embargo, casi todos coinciden en lo esencial: el tiempo no juega a favor de Cuba. Incluso si no hay protestas masivas, la entropía económica puede derivar en un colapso silencioso: fábricas paralizadas, cosechas que no se recogen o no se transportan, comunidades aisladas por falta de combustible, y un repunte de la migración a medida que se pierde la esperanza. Solo en el último año, decenas de miles salieron en balsas o a través de terceros países, y en los años de pandemia se estima que se fueron 2 millones de cubanos — más del 10% de la población. Esa fuga de talento y mano de obra debilita aún más al país. Si la tendencia continúa, hacia finales de 2026 Cuba podría ser un cascarón económico: sobrevivir con subsistencia y ayuda de emergencia, con una legitimidad erosionada aunque el gobierno se aferre al poder. La estrategia aparente de Washington es acelerar esa implosión para forzar rendición o una reconfiguración interna antes del ciclo electoral estadounidense. Trump y Rubio también calculan, probablemente, que exhibir una «victoria» en Cuba les rendiría políticamente rumbo a 2028. Rubio, por su historia personal, tiene un incentivo extra para que el momento no se diluya (más sobre eso en «El factor Rubio»).
En suma, salvo un cambio significativo — por ejemplo, que EE. UU. relaje sanciones o que un tercero entre con apoyo a gran escala — la viabilidad de Cuba en su estado actual se mide en meses, no en años. No es casual que incluso la administración Trump haya empezado a cubrirse frente a un desastre humanitario: a inicios de febrero anunció un paquete pequeño de ayuda (6 millones de dólares) «para apoyar al pueblo cubano», canalizado a través de ONG e iglesias, no del gobierno. Y ya a finales de febrero, el Tesoro emitió una licencia especial para permitir que cierta cantidad de petróleo venezolano se revenda a Cuba bajo condiciones estrictas (que los ingresos beneficien a la población y no llenen las arcas del régimen). Esas decisiones sugieren que un corte total podría producir consecuencias caóticas: colapso humanitario o una crisis de refugiados regional. En otras palabras: mientras Trump y Rubio aprietan el nudo, también calibran la presión para evitar anarquía completa. ¿Llegará Cuba intacta a las primarias estadounidenses de finales de 2026? El consenso entre muchos analistas es: «probablemente no, al menos no con el mismo liderazgo». O La Habana capitula y negocia antes, o se rompe de un modo que fuerce intervención externa (amistosa o no). Los próximos 6 a 12 meses serán, por eso, decisivos. Cuba está asomada a lo que un historiador llamó «su momento Muro de Berlín»: la posibilidad de que el régimen se derrumbe de golpe y pronto. Y, sin embargo, la historia recuerda que los autoritarismos pueden aguantar penurias increíbles… hasta el instante en que dejan de hacerlo. Por ahora, Cuba aguanta, pero la hora cero se acerca.
Escenarios para el futuro de Cuba: tres caminos
Ante un panorama así, conviene pensar en varios escenarios posibles para lo que viene. Van desde lo violento y desordenado hasta lo negociado y esperanzador. A continuación se esbozan tres posibilidades amplias:
1. Peor caso: confrontación y colapso. En este escenario, la presión sigue escalando sin pausa y el régimen cubano se atrinchera en lugar de ceder. A medida que se profundizan la falta de combustible y el derrumbe económico, Cuba podría deslizarse hacia el caos y el conflicto interno. Apagones y escasez podrían detonar protestas espontáneas en varias ciudades, poniendo al límite a las fuerzas de seguridad. El gobierno — con Díaz‑Canel y los sectores más duros del Partido — podría responder con una represión severa: arrestos masivos, militares en las calles, y episodios de violencia contra manifestantes. La agitación podría crecer hasta parecerse a una insurrección. Con el régimen debilitado, EE. UU. podría elevar la intervención, abierta o encubierta. El desenlace más extremo sería una intervención militar estadounidense de algún tipo: desde una acción limitada (bloqueo naval o zona de exclusión aérea para forzar capitulación, o un golpe quirúrgico contra blancos clave) hasta, en el límite, una invasión o una misión de «estabilización» si estalla una guerra civil. La idea de la «toma amistosa» apunta a que se presentaría como rescate, no como conquista. Aun así, una operación armada en suelo cubano sería peligrosísima: evocaría fantasmas históricos (Bahía de Cochinos, 1961) y desataría condena internacional. A la vez, los duros podrían optar por una salida desesperada — un «todo o nada» — : convertir la crisis en arma (ola migratoria hacia Florida, tensiones en Guantánamo) o intentar resistir con guerra de desgaste. En un colapso total, la dimensión humanitaria sería devastadora: hambre y crisis médicas que obliguen a un operativo multinacional en medio del caos. En síntesis: un camino de colapso violento, con riesgo real de intervención. Aunque funcionarios estadounidenses no dicen querer un derrumbe descontrolado, la presión para «cerrar el ciclo» podría imponerse a la prudencia.
2. Escenario gris: salida negociada o reforma interna (un aterrizaje suave). Entre el colapso y una transición ordenada hay un terreno turbio donde el fin del comunismo podría llegar por fisuras internas y negociación. Podría empezar con conversaciones discretas — que, si ciertos reportes son correctos, ya existirían — entre intermediarios estadounidenses (posiblemente impulsados por Rubio) y sectores del régimen, incluyendo figuras como el nieto de Raúl Castro. Ante el miedo al colapso — o al ver el destino de Maduro bajo custodia estadounidense — una facción podría buscar una rampa de salida. Quizás militares o tecnócratas jóvenes convenzan a la cúpula de que el único modo de salvar al país (y salvarse) es pactar con Washington. Un acuerdo podría incluir la salida o el repliegue del núcleo Castro/Díaz‑Canel, garantías de seguridad o amnistías para funcionarios, y una hoja de ruta hacia elecciones y apertura económica. A cambio, EE. UU. levantaría el bloqueo petrolero y ofrecería ayuda masiva para estabilizar. Las frases de Trump sobre que «están hablando con nosotros» y que la toma sería «amistosa» encajan con este cuadro. Sería un proceso desprolijo, pero probablemente menos sangriento que un choque frontal. Podría haber luchas internas — duros vs. moderados — e intentos de golpe o purgas de último minuto. Pero el resultado buscado sería una cesión relativamente pacífica: el partido se transforma o se disuelve, se arma un gobierno transitorio y se prepara un nuevo marco constitucional. En este escenario, el rol de EE. UU. sería central pero más de trastienda: empujar, ofrecer incentivos y castigos. Las propias palabras de Rubio sobre «aperturas económicas» apuntan a que Washington empujaría primero cambios de mercado bajo su tutela, incluso si lo político llega por etapas. El costo es claro: una transición así podría sentirse como cambio «en los términos de Washington» y con soberanía recortada. Aun así, para muchos cubanos, sería preferible al caos.
3. Mejor caso: transición pacífica hacia la democracia. En el escenario ideal, la crisis terminaría con una transición pacífica, conducida desde dentro: el régimen acepta que su tiempo se acabó y abre el juego para que los cubanos decidan. Implicaría que el liderazgo se retire o reforme de manera sustantiva sin necesidad de fuerza ni asfixia total. Por ejemplo, Díaz‑Canel y el Partido podrían convocar un congreso extraordinario, anunciar el fin del monopolio de partido único e invitar a la oposición (incluida la diáspora) a un gobierno provisional. Se fijarían elecciones libres en un plazo breve y se pediría observación internacional. La transición vendría acompañada de liberalización económica inmediata: liberar precios, expandir el sector privado, invitar inversión de exiliados y solicitar un paquete de emergencia del FMI u organismos internacionales — algo que Cuba evitó por razones ideológicas durante décadas. EE. UU., por su parte, levantaría sanciones, terminaría el bloqueo y articularía un paquete tipo «Plan Marshall» para reconstruir economía e infraestructura. Rubio y Trump cantarían victoria, pero también tendrían interés en evitar un Estado fallido a 90 millas de Florida. Este tipo de transición recuerda a ciertas revoluciones «de terciopelo» en Europa del Este en 1989. Es, por supuesto, el escenario más optimista. La retórica actual de La Habana («Cuba es soberana y nadie le dicta», respondió Díaz‑Canel) hace pensar que haría falta un susto económico límite para empujar a la cúpula a aceptar cambios voluntarios. Aun así, la historia está llena de giros impensables: la propia URSS disolvió su partido único en 1991. Si Cuba eligiera este camino, sería recordado como el que evitó sangre. Desde la perspectiva estadounidense, conseguiría los objetivos — cambio de régimen y democratización — sin disparar un tiro, y le daría a Rubio un legado casi mítico: ayudar a liberar la tierra de sus padres.
Cada escenario arrastra incertidumbres. El peor caso podría desbordarse regionalmente (migración masiva, inestabilidad); el escenario gris puede producir una Cuba semisoberana bajo tutela; y hasta el mejor caso exige reconstruir instituciones y economía tras décadas de partido único. Lo que ocurra dependerá de decisiones — y de errores — en Washington y en La Habana en las próximas semanas, además del azar y de eventos externos.
Telón geopolítico: aliados, adversarios y variables inesperadas
La encrucijada cubana no ocurre en el vacío: hay actores externos que, con sus decisiones, pueden inclinar la balanza. Pero a diferencia de la Guerra Fría o de los 2000, La Habana hoy está casi sola. En el último año ha ido perdiendo apoyos, y el tablero se inclina hacia Washington. Estos son algunos jugadores clave:
• Venezuela: el antiguo salvavidas energético de Cuba está, por ahora, fuera de juego. Con Maduro capturado y un gobierno interino alineado con EE. UU. en Caracas, las nuevas autoridades cortaron exportaciones hacia Cuba y redirigieron ingresos petroleros a cuentas bajo control estadounidense. Para La Habana es un golpe devastador. En tiempos de Chávez, Venezuela fue para Cuba lo que la URSS fue en otra época: un patrono que entregaba energía y dinero subsidiados. Hoy, Venezuela funciona como cliente de EE. UU. (Trump llegó a decir que «EE. UU. está a cargo de Venezuela» tras la caída de Maduro). La reversión es brutal: el aliado íntimo pasa a ser pieza del adversario. Y Caracas podría incluso cooperar contra Cuba — por ejemplo, compartiendo inteligencia o influyendo en redes cubanas en Venezuela — . Es una de las mutaciones geopolíticas más determinantes de esta crisis.
• Rusia: Moscú conserva vínculos históricos con La Habana y la ve como aliado simbólico. En esta crisis ha mostrado solidaridad, pero su apoyo ha sido sobre todo retórico y limitado. Un viceprimer ministro anunció conversaciones para proveer combustible, y el canciller prometió «suministros materiales». Putin condenó el bloqueo petrolero de Trump como «inaceptable». Aun así, la capacidad rusa para rescatar a Cuba está acotada: Rusia también navega sanciones y prioridades en otros frentes. Podría enviar algunos cargamentos de diésel o armar triangulaciones vía terceros países, pero romper abiertamente el bloqueo conlleva riesgo de sanciones secundarias. En lo diplomático, sí: Rusia puede dar cobertura, bloquear condenas en el Consejo de Seguridad y asesorar a La Habana. Pero, en lo material, su ayuda sigue siendo modesta. Si el régimen cae, Rusia pierde un viejo puesto en América, pero Putin quizá calcule que no vale un choque frontal con Washington para salvarlo.
• China: Pekín mantiene vínculos financieros importantes (Cuba le debe miles de millones) y ha invertido en proyectos de desarrollo, pero tiende a ser pragmática. A comienzos de 2026, su postura ha sido llamativamente discreta. Reportes indican que, aunque simpatiza, muestra poco interés en rescatar a Cuba en lo inmediato. Su prioridad es evitar choques comerciales con EE. UU. y cuidar su propia economía. Enviar petróleo para salvar a Cuba sería meterse en un pleito que quizá considere innecesario. Podría aportar ayuda humanitaria limitada (paneles solares, generadores, arroz), pero no está jugando el papel de contrapeso soviético. Si hay transición, China intentará adaptarse y proteger su posición; si el régimen aguanta, podría acercarse más adelante. Pero para los meses críticos, Pekín se mantiene distante.
• México: se ha convertido en uno de los pocos apoyos activos. Bajo AMLO y su sucesora Claudia Sheinbaum, México ha mantenido vínculos amistosos con La Habana. En 2025, por algunas estimaciones, suministró alrededor de 17.000–20.000 bpd de crudo y combustibles, aunque muy por debajo de lo que fue Venezuela. Aun con amenazas de aranceles, el gobierno mexicano criticó el bloqueo como injusto. A la vez, la ayuda ha generado polémica interna: opositores preguntaron «¿cuándo se consultó al pueblo de México si quería donar su petróleo a una dictadura?». Con la presión creciente, México envió en febrero cargamentos de alimentos y medicinas — una manera de ayudar sin romper de frente el cerco petrolero — . Pero su margen es limitado: depende de EE. UU. en comercio y seguridad. Las amenazas de Trump ponen a México entre la solidaridad y el costo. Lo probable es que calibrará: sostener ayuda humanitaria, y reducir combustible si la represalia se vuelve inminente. México también podría intentar mediar discretamente para evitar un colapso que dispare una ola migratoria hacia el norte.
• América Latina y el Caribe: el hemisferio está dividido. En el Caribe (CARICOM) hay cautela ante la agresividad estadounidense; algunos países dependen de médicos cubanos y piden diálogo. Pero muchos también temen cruzar a Washington. En Sudamérica, el mapa político se partió por ideología: algunos gobiernos se alinean con la línea dura de Trump, mientras la oposición más firme proviene de México, Brasil y Colombia. En cualquier caso, incluso los aliados ideológicos de Cuba carecen de capacidad para compensar la pérdida venezolana. El clima regional se desplazó, y La Habana lo sabe: «Cuba ha ido perdiendo aliados» en el hemisferio, admiten en privado.
• Irán y el ángulo de Oriente Medio: el 28 de febrero de 2026 ocurrió un hecho que, aunque lejano, puede alterar el cálculo cubano: un ataque israelí‑estadounidense que mató al líder supremo iraní y a altos mandos. El mensaje implícito es demoledor: la administración Trump, en coordinación con Israel, está dispuesta a acciones extremas más allá de su vecindario inmediato. Para La Habana, que mantiene lazos con Irán como adversario compartido de EE. UU., es recordatorio del alcance y la audacia de Washington. Esto puede empujar a dos reacciones opuestas: más miedo y búsqueda de negociación (si Cuba interpreta «podemos ser los siguientes»), o más mentalidad de búnker y desafío (si se asume que la ofensiva de EE. UU. es total y solo queda resistir). Además, una Irán debilitada no podrá auxiliar a nadie; y, a la vez, una escalada en Oriente Medio podría distraer recursos y atención, aunque la presión económica sobre Cuba seguiría. En conjunto, es una señal que aumenta la ansiedad del régimen.
• Organismos internacionales: la ONU y otros tienen influencia limitada, pero no nula. Pueden elevar el costo moral del bloqueo al visibilizar el impacto humanitario — como lo hizo el secretario general al advertir sobre un «colapso humanitario» si no entra combustible — . Eso puede empujar a Washington a calibrar (de ahí excepciones humanitarias). La OEA respaldaría una transición democrática, pero sería cauta con una invasión. El Vaticano podría jugar de mediador, como lo hizo en 2014. En la práctica, sin embargo, la diplomacia global hoy favorece más la posición estadounidense que la cubana, justamente por el aislamiento creciente de La Habana.
En síntesis: geopolíticamente, Cuba está casi sola y se sostiene con apoyos tibios de unos pocos amigos. Es un contraste fuerte con los años 60, o incluso con los 80. Rubio y Trump han empujado — con cálculo o fortuna — en un momento en que los benefactores de Cuba están ausentes, distraídos o no quieren enfrentarse a Washington. Cuba ya no tiene una URSS ni un Chávez dispuesto a enviar petróleo en desafío abierto. Venezuela desapareció como tabla de salvación; China se sienta al margen; Rusia está atada a otras prioridades. A La Habana le quedan, básicamente, oración y terquedad como escudo.
El factor Rubio: un cubanoamericano al timón de la política hacia Cuba
Para entender de verdad este momento hay que mirar a Marco Rubio, secretario de Estado y primer cubanoamericano en un cargo de ese nivel. Su biografía y su postura de décadas sobre Cuba pesan sobre esta política como pocas veces ocurre en diplomacia. Rubio suele decir que le debe su existencia en Estados Unidos a la tragedia cubana. Sus padres emigraron en 1956, poco antes de la revolución, y él creció en el Miami del exilio. Ese mundo — marcado por la generación de Bahía de Cochinos y sus descendientes — vive con una idea fija: la patria perdida y el sueño de una Cuba libre. En su memoria «An American Son», Rubio cuenta cómo su familia mantuvo viva esa causa. No sorprende que entrara a la política con Cuba en la cabeza: construyó carrera como halcón, oponiéndose a la normalización y empujando sanciones más duras una y otra vez.
Hoy, en un segundo gobierno de Trump, Rubio está en posición de convertir convicciones en política real. Es difícil exagerar lo excepcional de que el hijo de exiliados dirija la política hacia Cuba en un momento así. Como apuntó un observador, los líderes cubanos son conscientes de que — sobre todo Rubio — «va por ellos». Su enfoque ha sido descrito como de «confrontación máxima». Ve el derrumbe del chavismo en Venezuela como una oportunidad única: la lógica, en su círculo, es que «si cae Venezuela, cae Cuba». Rubio ha subrayado la interdependencia: señaló que parte de la policía secreta de Maduro estaba integrada por agentes cubanos. Con Maduro fuera, Rubio se siente vindicado y decidido a «terminar el trabajo».
Sus declaraciones recientes iluminan esa mentalidad. Ha atacado al gobierno cubano, calificando sus más de 60 años de poder como fracaso y anacronismo. Repite que el régimen se sostuvo «chupando» recursos de patronos: primero la URSS (cuyo colapso disparó el Período Especial), luego Venezuela (hoy neutralizada). «El régimen se ha ido aislando desde la caída de la URSS», ha dicho, recordando que La Habana invirtió en Venezuela como uno de sus pocos aliados socialistas. Para Rubio, esa dependencia es el talón de Aquiles; y la estrategia del bloqueo petrolero encaja con su narrativa de que Cuba vive de «limosnas». Cortar el flujo es forzar el ajuste de cuentas con la disfunción económica interna.
El componente personal también puede empujar a una postura más dura que la de un diplomático típico. Algunos analistas creen que Rubio tiene menos inclinación a negociar un aterrizaje suave. A diferencia de funcionarios de carrera que podrían conformarse con reformas graduales, Rubio probablemente busque una victoria inequívoca: fin del régimen Castro/Díaz‑Canel, punto. Sus críticos dicen que está «obsesionado» con tumbar al castrismo; incluso hubo declaraciones que lo acusan de incentivar violencia. Sea justo o no, lo cierto es que Rubio no muestra simpatía por el relato de La Habana. Descarta el embargo como explicación total y responde con ejemplos concretos de fallas internas (como el colapso azucarero).
Además, Rubio goza de una confianza particular por parte de Trump en este tema. Trump, como negociador, a veces se siente tentado a pactar incluso con adversarios; pero en Cuba parece haber delegado estrategia en Rubio: «Marco Rubio lo está manejando a muy alto nivel», dijo. Trump incluso bromeó con que Rubio «un día sería presidente de Cuba»; más allá del chiste, revela el margen político que le da. Eso significa que la política hacia Cuba está en manos de alguien con misión personal, lo que reduce la probabilidad de medias tintas. Si se abre una ventana para acabar con el comunismo cubano, Rubio empujará hasta el fondo.
Rubio también hace cuentas políticas: liderar la «liberación» de Cuba lo convertiría en héroe entre cubanoamericanos y muchos latinos en Florida, y podría alimentar una futura aspiración presidencial. Trump, por su parte, entiende el rédito electoral de hablar duro sobre socialismo. Entregar la caída del régimen antes de 2028 sería un trofeo histórico. Pero ese mismo factor puede rigidizar la política: si surge una negociación que deje a comunistas en el poder temporalmente, Rubio podría rechazarla incluso si evita derramamiento de sangre, por temor a que Miami lo perciba como blando.
En términos prácticos, el origen de Rubio también significa que conoce las tácticas del régimen y no se deja seducir por reformas cosméticas. Probablemente coordina de cerca con redes del exilio que tienen contactos dentro de la isla, lo que puede mejorar inteligencia humana. El episodio del bote armado de exiliados — que Rubio negó haber respaldado — sugiere, al menos, que el clima recuerda tiempos de Bahía de Cochinos y que las fronteras entre actores privados y presión política pueden volverse difusas.
En última instancia, el ascenso de Rubio al centro de la diplomacia estadounidense es pesadilla para el régimen y sueño para parte del exilio. Durante décadas La Habana se quejó de la «mafia de Miami» influyendo en Washington; hoy, un peso pesado del exilio cubano está marcando la política de EE. UU. — literalmente. Esa convergencia — misión personal y política nacional — hace este momento singular. Si hay una transición suave, probablemente exija una capitulación en los términos de Rubio, porque no parece dispuesto a pestañear. Sus palabras resumen el impulso: «Ha llegado el momento… de que el régimen comunista de los Castro rinda cuentas y de que el pueblo cubano sea finalmente libre». En 2026, Rubio está en posición de intentar convertir esa frase en realidad.
Conclusión
La situación de Cuba a comienzos de 2026 es existencial. Una tormenta perfecta — derrumbe económico y presión externa — empujó a la isla al borde de un cambio histórico. Durante febrero de 2026, la escalada verbal de Trump y Rubio no solo acompañó el deterioro: en cierto modo lo impulsó. Lo que empezó como advertencias veladas y esperanzas de que Cuba «captara el mensaje» se convirtió en hablar del gobierno cubano en pasado, como si su caída fuera un hecho. El mensaje desde Washington sugiere que algo se mueve, de forma inminente, tras bambalinas: negociaciones secretas o el estrangulamiento final de los recursos. Mientras tanto, 11 millones de cubanos viven una pesadilla de escasez que recuerda los días más oscuros de los 90, pero con menos certezas sobre el mañana.
Este momento es profundamente distinto de otros puntos bajos en la relación bilateral. En el Período Especial tras la caída soviética, Cuba quedó devastada, pero el mundo (y hasta EE. UU., en cierta medida) terminó ofreciendo alivio; y, sobre todo, Washington no perseguía activamente tumbar al gobierno: prefería contener. Hoy, por el contrario, EE. UU. busca explícitamente el fin del régimen comunista. La estrategia de presión máxima impulsada por Rubio apuesta a que no habrá «segundo Período Especial» que permita sobrevivir. Sin petróleo, sin efectivo y sin aliados, el experimento comunista enfrenta una prueba inédita de resistencia. Como dijo un profesor cubano, «la segunda administración Trump, envalentonada, presenta una amenaza completamente nueva» para los líderes de la isla: una que podría lograr lo que seis décadas de sanciones no lograron, al fabricar condiciones de colapso desde dentro.
Cuba, sin embargo, ha desmentido pronósticos antes. Los Castro sobrevivieron a diez presidentes estadounidenses. El pueblo ha soportado penurias con una resiliencia que desconcierta. No puede descartarse — por improbable que parezca — que el liderazgo actual logre arrastrarse: aplicando reformas postergadas para aliviar algo el sufrimiento, o apelando al nacionalismo mientras esperan un cambio de vientos externos. Pero hoy no hay salvador a la vista. Si acaso, el contexto global se vuelve más hostil: mientras Cuba se hunde, regímenes afines en Caracas y Teherán han caído o han sido puestos en la mira. La muerte del líder supremo iraní en un ataque EE. UU.‑Israel el 28 de febrero de 2026 fue un cierre simbólico del mes, recordando que el viejo orden de «resistentes» antiestadounidenses se resquebraja. En los pasillos del poder en La Habana, esa noticia debe caer como un escalofrío: «podríamos ser los siguientes».
Mirando el futuro inmediato, la disyuntiva para la cúpula cubana parece binaria: negociar una transición o enfrentar la ruina. Las frases de Trump y Rubio en febrero — del «yo estaría preocupado» al «quizá una toma amistosa» — funcionan a la vez como amenaza e invitación. Insinúan un mensaje de fondo: ríndanse en nuestros términos y habrá ayuda; resistan y lo perderán todo. El desenlace podría mezclar escenarios: un choque feo que derive en negociación de último minuto, o un colapso parcial que obligue al régimen a ceder. Lo que suena cada vez menos probable es que el statu quo dure. Incluso dentro del gobierno cubano saben que la realidad es «insostenible»; Raúl Castro lo advirtió hace años: «caminamos al borde del abismo» si nada cambia. Hoy, ese borde se desmorona bajo los pies.
Geopolíticamente, el hemisferio — y el mundo — observa de cerca. Una Cuba poscomunista sacudiría América Latina, probablemente fortaleciendo a gobiernos alineados con Washington y desmoralizando a movimientos de izquierda restantes. Rusia y China lamentarían la pérdida de un viejo aliado, pero se adaptarían con pragmatismo. Para EE. UU. sería una victoria dramática y el cierre de uno de los últimos capítulos de la Guerra Fría. Y está el plano humano: millones de cubanos, dentro y fuera, están al borde del mayor cambio de sus vidas. La generación mayor del exilio en Miami quizá vea, por fin, el sueño de volver a una Cuba libre. La generación joven en la isla — que solo ha conocido austeridad y autoritarismo — podría tener otra oportunidad. Pero entre el hoy y ese mañana hay un camino peligroso.
Actualización a finales de febrero de 2026 — «La hora cero a la vista»
Hacia finales de febrero, lo que se vivía en Cuba dejó de ser una prolongación «previsible» de la escasez crónica: empezó a verse como un deterioro sistémico de servicios básicos y de disponibilidad de combustible, con analistas advirtiendo que los frágiles salvavidas podrían agotarse en cuestión de semanas.
La decisión del Tesoro estadounidense, a finales de febrero, de autorizar reventas de petróleo de origen venezolano al sector privado cubano — canalizadas principalmente a través de grandes casas comerciales — busca contener las carencias más extremas. Pero el volumen permitido hasta ahora es mínimo comparado con el déficit estimado de 60.000–80.000 bpd, y las empresas privadas chocan con la falta de financiamiento, los cuellos logísticos y la burocracia.
La disponibilidad de combustible siguió deteriorándose. Los apagones se mantuvieron extendidos — con cortes diarios que superan con holgura las 12–20 horas — mientras el transporte aéreo y el de carga se acercó al punto muerto en algunas zonas por falta de diésel y combustible de aviación. Las cadenas de distribución de alimentos, ya frágiles, se deshilachan cuando los camiones cisterna quedan varados, y el peso sigue perdiendo terreno frente a la moneda dura en el mercado informal.
La ayuda internacional empezó a entrar en gotas: Canadá prometió millones en apoyo alimentario a través de Naciones Unidas, y México despachó cargamentos humanitarios adicionales. Son gestos importantes para la subsistencia, pero no revierten el núcleo del problema: la falta aguda de combustible que está desbaratando servicios esenciales.
Observadores independientes y actores humanitarios sostienen que las reservas de combustible y la capacidad de sostener infraestructura crítica podrían agotarse en semanas si no se materializan importaciones sustanciales. La ONU y diplomáticos regionales han advertido que, sin un giro fuerte en los flujos energéticos, un colapso humanitario más amplio — hospitales, saneamiento, seguridad alimentaria — podría acelerarse durante marzo y entrar en abril de 2026.
En conclusión, el futuro inmediato de Cuba se teje con tres hilos — crisis, oportunidad e incertidumbre — que se entrelazan y tironean. La crisis se ve en cada apagón y en cada estante vacío. La oportunidad, desde Washington (y sobre todo desde Rubio), es cerrar 67 años de historia y reconfigurar la isla bajo democracia e influencia estadounidense. La incertidumbre es el cómo: conflicto, derrumbe o negociación cuidadosa. Febrero de 2026 fue un mes bisagra en el que EE. UU. dejó entrever que el final de la partida había empezado. Al entrar en marzo y más allá, el mundo sabrá si esta apuesta de alto riesgo sale como esperan quienes la empujan. Cuba está en una encrucijada como pocas desde 1959: un camino lleva a una implosión potencialmente violenta; otro, a un renacer difícil pero pacífico. Lo que sí parece claro es que el statu quo ya no alcanza: la evolución dramática de la retórica y de las acciones de las últimas semanas lo dejó sin oxígeno. Un portavoz del gobierno cubano lo expresó — quizá sin querer — con una frase que heló a más de uno: «Cuba está… preparada para defender la patria hasta la última gota de sangre». Es una promesa inquietante y, al mismo tiempo, el reconocimiento de que esto se vive como una pelea hasta el final. Ojalá ese final llegue sin sangre: con razón, humanidad y una salida en el último minuto. De una forma u otra, el futuro de Cuba se escribe ahora, con trazos gruesos y con muchas miradas encima.
Erasmus Cromwell-Smith II
Marzo 1, 2026.
Referencias
– Al Jazeera. (2026, 11 de febrero). Beyond pressure: What is the Trump administration’s endgame in Cuba?
Al Jazeera. (2026, 26 de febrero). US to allow Venezuelan oil sales to Cuba as alarm grows in the Caribbean.
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Fox News. (2026, 28 de enero). US Capitol Police arrest Rubio hearing disruptor, Republican senator says “off to jail”.
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Havana Times. (2026, 22 de febrero). Who from Cuba Is the United States Talking To?
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Reuters. (2026, 25 de febrero). Rubio urges Caribbean leaders to cooperate on gangs as Cuba worries grow.
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U.S. Department of State, Office of the Historian. (s. f.). Foreign Relations of the United States (FRUS): documento sobre suministros de crudo y refinerías en Cuba (1958–1960).
Wikipedia. (s. f.). Special Period. (Para contexto histórico; verificación recomendada con bibliografía académica).



